Emigrar conlleva una serie de cambios que van más allá de adaptarse a un nuevo entorno. Cuando se deja atrás el país de origen para adoptar otro territorio, la identidad personal parece desdibujarse. Pero eso no quiere decir que desaparezcamos como individuos: la inmigración nos permite evolucionar, desarrollar otras habilidades y fortalecer la resiliencia..

Las alas del cambio

El ser humano siempre ha sido un nómada en búsqueda del bienestar. Magaly Molina Vega, coach y terapeuta en programación neurolingüística, compara nuestros movimientos migratorios con los de las aves, que se desplazan de un lugar a otro con la llegada de las estaciones.

Este destino será escenario y, a su vez, parte del cambio del inmigrante. El psicólogo y periodista Máximo Peña, autor del blog Psicología para todos, habla de esto en su post La inmigración: una ventana para el cambio personal: “… Somos inexplicables sin el contexto que nos rodea (y moldea). Si ese contexto cambia, nosotros cambiamos con él. Irse del país de origen es salir de uno mismo”.

Peña afirma que este proceso no implica renunciar a lo que somos, sino que lo hace más “complejo”. En el texto, menciona ejemplos de profesionales que han emigrado y han transformado sus habilidades para ponerlas al servicio de otros: médicos que se dedican a reparar otro tipo de válvulas o periodistas que, ahora, usan sus manos para sanar.

Este “reaprendizaje” resulta valioso para el enriquecimiento personal y la inserción social del individuo. Hay quienes podrían pensar que dedicarse laboralmente a una labor u oficio diferente a la propia profesión es un sinónimo de fracaso. Por esta razón, es importante tener claro el propósito de lo que se hace, ya sea obtener bienestar, reaprender o acercarse a una meta en concreto.

La inmigración, ¿un matrimonio?

Magaly Molina asemeja el tránsito entre el estatus de turista y emigrante con el paso del noviazgo al matrimonio. “Cuando comienzas un noviazgo, todo es bonito y mágico. Es como cuando vas de turista a algún lugar. Después, cuando te casas, convives con la persona y descubres cosas que, quizás, no te gustan tanto. Depende de ti que las aceptes. Así es con la inmigración”, señala la coach.

Un ejercicio derivado de esta metáfora es el reconocer qué es lo que no se ama dentro de aquello que se ama para aprender a aceptarlo. Y, de regreso al noviazgo, dejarse seducir por los nuevos espacios: definir estrategias para la reconquista y ser flexibles ante lo que se va presentando.

Máximo Peña sugiere dejarse envolver por los paisajes, abrazar esta nueva realidad y formar lazos vivenciales: “El éxito del que se va, más allá de lo profesional o económico, que incluso, valga la paradoja, puede empeorar, consiste en lograr insertarse en la sociedad, es decir, en sentirse a gusto, como en casa”.

Es así como, quienes vienen de tierras sin estaciones marcadas, se adaptan a un cambio de ropa y de escenografía cada cierto tiempo; los inmigrantes de África u otros países de Europa van haciendo suyo también el idioma castellano y los nostálgicos de la playa aprovechan los puentes para ir a las costas más cálidas.

El duelo-país por la partida se hace más llevadero (y superable) al entender que somos parte de una nueva sociedad y, finalmente, de un todo. El hogar se amplía y se reparte por el mundo.